Las Vidas de los emperadores de Bizancio constituyen un fascinante retrato psicológico de los autokratores romanos de la Constantinopla del siglo XI. Una obra que, por su refinado estilo y lengua, ha resultado todo un reto para editores y traductores y que, de haber tenido conocimiento de ella, hubiera fascinado a Marcel Schwob o Stefan Zweig. El autor, Miguel Pselo (filósofo, orador y valido de varios de los soberanos de su época), fue testigo del apogeo de un imperio que se extendía desde Italia al Cáucaso y desde Siria hasta el Danubio, pero, en vez de centrar su narrativa en el análisis de las guerras y los conflictos civiles, siguiendo el patrón de la historiografía clasicista griega, prefirió poner su lente en las figuras de los emperadores que llevaron a Bizancio desde su máximo esplendor hasta su más profunda crisis, describiendo sus fortalezas y debilidades con la precisión de un observador despierto. Es, en efecto, la personalidad de los emperadores la que, para Pselo, determina el destino del Imperio romano. El lector deberá juzgar por sí mismo si su enfoque era acertado o no.
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